Para esta reunión vamos a ir a la tercera parte del libro, la que escribe Pagola.
Este autor nos propone algo muy fácil de comprender y vital para el creyente que quiere vivir una Fe auténtica y viva. Él lo llama Volver a Jesucristo.
Asi comienza el primer capítulo que os invito a leer:
Volver a Jesucristo
Es lo primero y más decisivo: poner a Jesucristo en el centro de nuestra fe. Todo lo demás viene después. ¿Qué puede haber más necesario y urgente para los cristianos que despertar en nosotros la pasión por la fidelidad a Jesús? Ya no basta cualquier reforma o aggiornamento. Necesitamos volver al que es la fuente y el origen de la Iglesia: el único que justifica su presencia en el mundo. Arraigar nuestra fe en Jesucristo como la única verdad de la que nos está permitido vivir y caminar de manera creativa hacia el futuro. Recuperar lo esencial del Evangelio, renacer juntos del Espíritu de Jesús.
a) Entrar por el camino abierto por Jesús
Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían de su Maestro querido los primeros hombres y mujeres que lo conocieron de cerca y lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de Jesús. Esta imagen interiorizada desde niños a lo largo de los años condiciona nuestra forma de vivir la fe. Desde esta imagen escuchamos lo que nos predican, celebramos los sacramentos y configuramos nuestra vida cristiana. Si nuestra imagen de Jesús es pobre y parcial, nuestra fe será pobre y parcial; si está distorsionada, viviremos la experiencia cristiana de manera distorsionada.
No basta con decir que aceptamos todas las verdades que la Iglesia propone acerca de Cristo. La fe viva y operante solo nace en el corazón de quien vive como discípulo y seguidor de Jesús. Es esencial e irrenunciable confesar a Cristo como «Hijo de Dios», «Salvador del mundo» o «Redentor de la humanidad», pero sin reducir nuestra fe a una «sublime abstracción». No es posible seguir a un Jesús sin carne. No es posible alimentar la fe solo de doctrina. Necesitamos un contacto vivo con su persona: conocer mejor su vida concreta y sintonizar vitalmente con él. Necesitamos captar bien el núcleo de su mensaje, entender mejor su proyecto del reino de Dios, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano. ¿Qué podemos hacer? Los cristianos de las primeras comunidades se sentían seguidores de Jesús más que miembros de una nueva religión. Según Lucas, las comunidades están formadas por personas que han conocido el «Camino del Señor» (Hch 18,25) y, atraídas por Jesús, han entrado por él. Se sienten «seguidores del Camino» (Hch 9,2). La carta a los Hebreos precisa que es «un camino nuevo y vivo, inaugurado por Jesús para nosotros» (Heb 10,20). Un camino que hemos de recorrer viviendo una adhesión plena a su persona, «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Heb 12,2). Más tarde, el evangelio de Juan lo resume todo poniendo en labios de Jesús estas palabras: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).
Por desgracia, tal como es vivida hoy por muchos, la fe cristiana no suscita «seguidores» de Jesús, sino solo adeptos a una religión. No genera «discípulos» que, identificados con su proyecto, se entregan a abrir caminos al reino de Dios, sino miembros de una institución que cumplen mejor o peor sus obligaciones religiosas. Muchos de ellos corren el riesgo de no conocer nunca la experiencia más originaria y apasionante: el encuentro personal con Jesús. Nunca han tomado la decisión de seguirle. Sin embargo, como ha dicho Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (1 Deus caritas est1.).
La renovación de la fe está pidiendo hoy pasar de unas comunidades formadas mayoritariamente por «adeptos» a unas comunidades de «discípulos» y «seguidores» de Jesús, el Cristo. ¿Cómo entrar por ese camino abierto por Jesús?
b) Volver a Galilea
Los relatos evangélicos han sido compuestos para ofrecernos la posibilidad de conocer ese camino abierto por Jesús. Es lo que sugiere el mensaje que reciben las mujeres junto al sepulcro la mañana de Pascua: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí». No hay que buscarlo en el mundo de los muertos. ¿Dónde puede ser encontrado por sus seguidores? Hay que volver a Galilea: «Él va delante de vosotros. Allí lo veréis» (Me 16,7). Hemos de ir a Galilea, volver al inicio. Hacer el recorrido que hicieron los primeros discípulos siguiendo la llamada de Jesús: escuchar de nuevo su mensaje, aprender su estilo de vida al servicio del reino de Dios, compartir su destino de muerte y resurrección. (Según algunos autores, algo de esto parece sugerir también Lucas cuando, en su relato del nacimiento de Jesús (2,1-20), insiste en la consigna de los pastores: «Vayamos a Belén». Volvamos al origen. Descubramos en el niño recostado en el pesebre al Salvador: el Mesías, el Señor.).
Recorriendo los relatos evangélicos podemos experimentar que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado en su Iglesia adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta que nos llama también hoy a seguirle. Por eso, el Vaticano II nos ha recordado que, «entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, pues son el testimonio principal de la vida y la doctrina del Verbo encarnado, nuestro Salvador»(Dei Verbum 18). Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina académica sobre Jesús. No son tampoco biografías redactadas para informarnos con detalle de su trayectoria histórica. Lo que encontramos en estos escritos es el testimonio del impacto causado por Jesús en los primeros que se sintieron atraídos por él y respondieron a su llamada.
Por eso, los evangelios son para nosotros una obra única que no hemos de equiparar con el resto de los libros bíblicos. Solo en los evangelios encontramos la «memoria de Jesús», tal como era recordado, creído y amado por sus primeros seguidores y seguidoras. Estos escritos, nacidos de su experiencia directa con Jesús, constituyen el camino más natural para ponernos en contacto con Jesús resucitado y con su fuerza para engendrar también hoy nuevos discípulos y seguidores.
Al recorrer los relatos evangélicos escuchamos las palabras de Jesús, no como el testamento de un venerado maestro que pertenece para siempre al pasado, sino como palabras de alguien que está vivo en medio de nosotros, comunicándonos «espíritu y vida» (Jn 6,63). Por otra parte, recordamos la actuación de Jesús no como la historia pasada de alguien que vivió hace muchos siglos, sino de alguien que ahora mismo está con nosotros curando nuestras vidas, defendiendo la dignidad de los pobres y marginados, acogiendo a pecadores e indeseables, abrazando a los pequeños, frágiles e indefensos, y llamándonos a todos a ser compasivos como el Padre del cielo.
Los relatos evangélicos, leídos, escuchados, meditados, compartidos y guardados en nuestros corazones y en nuestras comunidades, nos permiten actualizar la experiencia primera de aquellos que se fueron encontrando con Jesús por los caminos de Galilea. Esta experiencia nos hace vivir un proceso de nacimiento a una fe nueva, no por vía de «adoctrinamiento» o de «aprendizaje teórico», sino por medio de un contacto vital y transformador con Jesús, narrado en los evangelios. Lo que acogemos en nuestro corazón no es la instrucción de un catequista o la predicación de un presbítero, sino la Buena Noticia de Dios encarnada en Jesús. Ese Evangelio, que, según Pablo de Tarso, es «una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,16).
Preguntas para guiar la reflexión y el momento de compartir:
1.- ¿Cómo entienden y viven su fe los cristianos que tú conoces? Piensa en personas concretas. Pon ejemplos, indica actitudes y síntomas:
- ¿como adeptos que cumplen sus obligaciones religiosas?
- ¿como discípulos que aprenden a vivir como Jesús?
- ¿como seguidores que colaboran en su proyecto del reino de Dios?
2.- ¿Y cada uno de nosotros? ¿como discípulos, amigos y seguidores de Jesús? ¿Como miembros de una parroquia? ¿Cómo es nuestra relación con Jesús? ¿Cómo eso se concreta en nuestra vida diaria, en lo cotidiano de nuestro día a día?
3.- ¿Te parece urgente volver a Jesús, el Cristo, para arraigar nuestra fe con más verdad y fidelidad en su persona y su proyecto del reino de Dios? ¿Lo necesitas? ¿Por qué?
Nos vemos el jueves. Buena semana :)
